En febrero de 2016 inicié una Acción de Arte: una residencia prolongada en la precordillera de Rari, en el Maule, rodeado del bosque esclerófilo, con su belleza endémica y su vecindad industrial de pinos y eucaliptos.
No fue un proyecto “cultural”. Fue un modo de vida empujado hasta volverse obra. Una decisión material, emocional y filosófica: habitar lo real sin anestesia, y dejar que eso reconfigurara la idea misma de arte.

Con el tiempo, la GAN se volvió lo que siempre fue: una performance de largo aliento. No una exhibición, sino un proceso. No un museo como “lugar”, sino un museo como estado de atención. Y dentro de ese proceso, apareció una osadía que no nació de mí: la osadía de la naturaleza.
Porque la galería no se “inventó” desde una voluntad humana de ordenar el mundo; nació del hallazgo de fragmentos vegetales —raíces, ramas, restos— con un interés estético imposible de negar. Lo que hicimos fue instalarlos en el predio, y así emergió una galería orgánica: obras que son parte del entorno y que se descomponen como cualquier fragmento vegetal muerto.
Cuando entendimos que esa descomposición era también desaparición, levantamos cobertizos: no para “mejorar” la obra, sino para darle tiempo. Tiempo de mostrarse. Tiempo de hablar.
Ahí ocurrió la inversión decisiva: en vez de que la naturaleza entrara al lenguaje humano, fue el lenguaje humano el que se arrodilló un poco para alcanzarla.
Le pusimos nombre de galería. Le pusimos relato. Le pusimos recorrido. Le pusimos reserva, visita, mediación.
La naturaleza, entonces, hizo algo rarísimo y precioso: se acercó al formato humano de exhibición sin dejar de ser naturaleza. Y lo que se “mostraba” no era más que lo que siempre estuvo ahí: fragmentos, raíces, texturas, cicatrices del tiempo.
En ese gesto hay una insolencia silenciosa: el bosque aceptó “exhibirse” sin negociar su verdad.
Y esa verdad era brutalmente simple: obras sin intervención humana.
No había virtuosismo técnico. No había “mano”. No había el ego artesanal de demostrar destreza. La intención fue, justamente, invisibilizar al agente humano para no bloquear la autoría no-humana con mi propia sombra.
La madera natural —tal como se encuentra, sin proceso industrial— fue suficiente.
Así como Hakim Bey pensó la Temporary Autonomous Zone como un territorio-tiempo que se abre para vivir otra regla del mundo y luego se disuelve antes de ser capturado por la maquinaria de control: permisos, vigilancia, administración, espectáculo, la GAN fue eso, pero con un giro biocéntrico que Bey no alcanzó a mapear del todo: una TAZ donde la autonomía no la funda una comunidad humana, sino un ecosistema.
Durante diez años, esta galería fue un paréntesis real: un lugar donde el bosque no era escenografía sino autor, y donde la cultura humana se limitaba a ofrecer un marco mínimo —un “horario”, una “apertura”, un “cierre”, una mediación, una forma de sostener infraestructura— para que lo no-humano pudiera presentarse como arte sin pedir perdón.
Esa fue la radicalidad: usar la forma “galería” no para domesticar el bosque, sino para devolverle la palabra.
Pero toda TAZ tiene su límite: no por fracaso, sino por coherencia.
Lo temporal no es una medida de calendario; es una ética: saber disolver antes de convertirse en rutina, marca o institución. Y hoy, con total claridad, declaro esto:
Me despido como ejecutor-curador de la obra.
Cierro mi función. Me retiro del gesto que sostenía este umbral.
La Zona Temporalmente Autónoma Biocéntrica concluye.
No porque la naturaleza se haya callado, sino porque ya no necesita mi traducción.
Lo que fue galería vuelve al ciclo:
lo que estuvo “expuesto” vuelve a tierra, vuelve a humedad, vuelve a hongo, vuelve a raíz.
La naturaleza no termina: cambia de forma.
Y en esa transformación —que no pide testigos— continúa la única exposición verdaderamente permanente.
Si alguna vez esta obra tuvo un mensaje, no fue una tesis ni una consigna. Fue una experiencia:
la sospecha de que el arte no es un privilegio humano, sino un fenómeno más amplio, anterior, más paciente… y a ratos más inteligente que nosotros.
Me voy sin retorno a esta etapa.
Y al irme, dejo que el bosque haga lo suyo: seguir creando sin firmar, sin inaugurar, sin cobrar entrada, sin pedir permiso… con esa elegancia tremenda de lo vivo cuando nadie lo está mirando.
Con gratitud por las miradas que estuvieron a la altura,
Hugo Baronti Barella
Ejecutor–Curador (2016–2026)
Galería de Arte Natural — Rari, Maule
/////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////
Declaración Curatorial de Finalización — Galería de Arte Natural (GAN)
Hugo Baronti Barella
Curador y canalizador de la GAN
Colbún, Región del Maule, Chile — Enero 2026
Durante diez años, en el entorno del Camino Rari km 10, la Galería de Arte Natural (GAN) operó como una acción de arte prolongada: una performance territorial en la que el bosque —y no el humano— sostuvo la iniciativa estética. Lo que comenzó como una hipótesis radical se volvió experiencia verificable: ¿puede la naturaleza producir obras sin intervención humana directa, y ser reconocida como autora? ¿Qué ocurre cuando el museo deja de ser un edificio y se vuelve un umbral mínimo entre lo vivo y lo observado?
La GAN no nació como colección ni como proyecto de ornamentación ambiental. Su núcleo fue una provocación filosófica: reconocer fragmentos naturales —raíces, agallas, estructuras vegetales, materiales orgánicos hallados— como obras en sí mismas, capaces de generar afecto, lectura formal y sentido, sin requerir transformación artesanal para legitimarse. La galería se constituyó, entonces, como un dispositivo de traducción: no para domesticar al bosque, sino para aproximarlo temporalmente al lenguaje humano de la exhibición.
La performance como museo de sitio: marco mínimo, autoría no-humana
La GAN funcionó como museo de sitio y refugio de mediación: un marco de acceso, recorrido y pausa. Elementos como el “horario”, el acto de “apertura y cierre”, incluso la existencia de un valor de ingreso, operaron como convenciones humanas que permitieron una forma singular de encuentro. Pero el contenido expuesto permaneció fiel a un criterio riguroso: la obra es el hallazgo, no la intervención.
El gesto curatorial central consistió en sostener una condición extrema: exhibir lo que el paradigma tradicional llamaría “resto” o “materia”, y demostrar que allí puede existir potencia estética plena. En esta ética, la GAN asumió que el arte no es únicamente oficio humano, sino una capacidad distribuida en la trama de la vida.
Obras identificadas y acompañadas por el dispositivo expositivo —como “Cerebro de Hualo”, “Agalla de Hualo”, y otras formaciones surgidas de ciclos vitales del roble y el bosque maulino— fueron presentadas no como objetos permanentes, sino como testimonios temporales de procesos orgánicos. La exhibición no congeló la vida: la volvió visible por un momento.
Biocentrismo Estético: el giro de autoría
La performance “Eterna” materializó los fundamentos propuestos en Arte Natural (2023) y en Biocentrismo Estético: Fundamentos Filosóficos del Arte Natural (inédito, 2025): una ampliación del concepto histórico de arte que reconoce agencias no humanas —ríos, bosques, raíces, cristales, organismos— como generadores de formas estéticas y sentido.
Bajo esta perspectiva, el rol humano deja de ser soberano. El curador no administra el arte como propiedad cultural, sino que media condiciones de aparición. En la GAN, mi función no fue la del autor que impone, sino la del canalizador que habilita: un ejecutor-curador que resguarda, acompaña y registra sin clausurar.
TAZ biocéntrica: autonomía sostenida por el bosque
Esta performance puede comprenderse como una forma singular —y expandida— de la Zona Temporalmente Autónoma (TAZ), propuesta por Hakim Bey, entendida como un espacio-tiempo donde la norma se suspende, permitiendo un estado alternativo de experiencia. En la GAN, sin embargo, la autonomía no fue diseñada como utopía humana ni como enclave social; fue más radical: la TAZ fue producida por la naturaleza misma.
El bosque no se presentó como fondo pasivo. Se presentó como sujeto estético activo, capaz de tensionar los marcos históricos del arte occidental —desde Kant a Heidegger— y de abrir una percepción distinta de la materia. En términos contemporáneos, esta experiencia dialoga con una “apertura estético-afectiva” hacia la vitalidad material (Jane Bennett), y con la idea de la vida vegetal como horizonte de contemplación cósmica (Emanuele Coccia). La GAN fue el lugar donde estas intuiciones se volvieron práctica.
Declaración de cierre: disolución del marco, continuidad de la vida
Hoy anuncio oficialmente el cierre de la performance “Eterna” y la disolución de la Galería de Arte Natural (GAN) en su forma institucional de museo de sitio, y su continuidad dependerá de las deciciones de sus propietarios.
En palabras finales:
la vida crea, el humano observa, y el ciclo continúa.
Hugo Baronti Barella
Curador y canalizador (2016–2026)
Galería de Arte Natural (GAN)